La desaparición de un ícono: La Salada de Monasterio se secó y detrás del agua que falta, hay responsabilidades que sobran

Durante más de medio siglo, fue un paraíso para pescadores, amantes de la naturaleza y familias enteras que se encontraban en sus aguas un refugio.

3 de Abril de 2025

CHASCOMÚS –   La Laguna Salada de Monasterio, ubicada a la altura del kilómetro 144 de la Ruta 2, en el partido de Chascomús, acaba de vivir su peor final: secó por completo. Lo que alguna vez fue una de las lagunas más emblemáticas de la provincia de Buenos Aires hoy es tierra agrietada y desolación.

El cierre definitivo fue comunicado por sus propios administradores, quienes durante meses alertaron sobre la preocupante caída del nivel del agua y la inacción de las autoridades. Finalmente, el anuncio fue publicado en redes sociales y medios especializados, acompañado de una frase que resume el sentimiento de toda una comunidad: “Lamentamos informar que, tras más de 50 años de existencia, la laguna se ha secado completamente”.

¿Qué pasó con La Salada? Sequía, desidia y obras mal ejecutadas

El comunicado oficial es claro y contundente. Si bien se reconoce el impacto de la sequía histórica que afecta a gran parte del país, los propietarios apuntan con firmeza a obras hidráulicas mal realizadas en el río Salado, que alteraron el comportamiento natural de las napas freáticas. “Esta tragedia, consecuencia de una sequía histórica agravada por obras hidráulicas –realizadas por negligencia o por razones económicas–, ha destruido las napas, imposibilitando la recuperación del nivel de agua, que alcanzaba los 7 metros de profundidad en sus 600 hectáreas”, expresaron.

La Salada de Monasterio no era solo un espejo de agua. Durante años funcionó como criadero natural de pejerreyes y tarariras, convirtiéndose en un verdadero motor económico y social para la zona. Atraía pescadores de todo el país, sostenía el comercio local, promovía el turismo rural y daba trabajo a decenas de familias. Su desaparición deja, además de un vacío ambiental, una herida profunda en la comunidad.

El impacto se extiende más allá del paisaje.

El cierre de la laguna afecta también a otros recursos naturales de la región. Los administradores advirtieron que la Laguna Segunda de Rosas está atravesando un deterioro similar. “Solicitamos que se investigue lo ocurrido y se haga justicia por la destrucción de este y otros recursos naturales, afectando la fauna, la flora, el comercio local y numerosas familias”, pidieron públicamente.

La publicación del comunicado despertó una oleada de mensajes de apoyo, tristeza y bronca. La noticia fue replicada por medios nacionales como la revista Weekend, que lo definió como “un final no deseado pero previsible”. La Salada, que supo tener napa propia y resistir otras sequías, finalmente colapsó. Y la sensación es que se podría haber evitado.

Un adiós con sabor a deuda pendiente

A pesar del desastre ambiental, los propietarios decidieron mantener abierto el camping y el complejo de cabañas, con la esperanza de algún día poder recuperar el alcance. Mientras tanto, agradecen a quienes durante años eligieron el lugar para crear recuerdos imborrables y exigen lo que la situación amerita:

La Salada de Monasterio no murió en silencio. Lo hizo dejando una pregunta urgente flotando en el aire seco: ¿Quién responde cuando la naturaleza colapsa por manos humanas?

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