Milei volvió a tensar la relación con la ONU: dureza discursiva, descalificaciones y una estrategia que deja preguntas

El Presidente calificó a Naciones Unidas de “inútil” y habló de una “casta de parásitos” durante su discurso en Nueva York. También cuestionó el papel del organismo frente a Malvinas y aseguró que Argentina “va a tomar cartas en el asunto”. El tono elegido volvió a abrir el debate sobre los límites entre una posición firme y una política exterior basada en la confrontación discursiva.

23 de septiembre de 2026

Javier Milei volvió a utilizar un escenario internacional para desplegar uno de los recursos que más caracterizan su discurso político: la confrontación directa. Ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Presidente cuestionó duramente a la organización, la calificó de “inútil” y sostuvo que solamente sirve para alimentar una “casta de parásitos” disfrazados de burócratas.

La crítica no fue menor ni estuvo dirigida solamente contra determinadas decisiones de la ONU. Milei cuestionó al organismo en términos generales y sostuvo que se apartó de los objetivos para los que fue creado. También apuntó contra sus posiciones en materia de derechos humanos, seguridad internacional, Israel, Irán, la Agenda 2030 y el manejo de la pandemia.

El problema que plantea este tipo de discurso no pasa por cuestionar a Naciones Unidas. La ONU, como cualquier institución internacional, puede y debe ser criticada cuando sus decisiones, resoluciones o actuaciones resultan insuficientes o contradictorias.

La discusión aparece cuando la crítica institucional es reemplazada por la descalificación general.

Hablar de una organización internacional compleja como si fuera simplemente una estructura integrada por “parásitos” puede resultar efectivo para provocar titulares y consolidar un mensaje político, pero aporta bastante menos cuando lo que está en juego es la capacidad de Argentina para defender sus intereses en un escenario internacional donde las relaciones diplomáticas, las alianzas y los organismos multilaterales tienen consecuencias concretas.

Malvinas: una causa legítima, una discusión que exige algo más que discursos

Uno de los puntos centrales de la exposición fue la cuestión Malvinas. Milei volvió a definirla como una “causa nacional” y reclamó al Reino Unido que retome las negociaciones para buscar una solución pacífica a la disputa de soberanía. También cuestionó que las resoluciones internacionales no tengan consecuencias concretas.

En este punto hay una cuestión que excede las diferencias políticas.

La defensa de la soberanía argentina sobre Malvinas no pertenece a un gobierno ni a un partido. Es una política de Estado consagrada constitucionalmente y sostenida históricamente por el país.

Precisamente por eso, la discusión debería concentrarse en cuáles son las herramientas más eficaces para avanzar en ese reclamo y no solamente en quién logra pronunciar la frase más contundente frente a un auditorio internacional.

Milei aseguró que Argentina eligió una defensa “pacífica, práctica y efectiva” y que no permanecerá esperando que la comunidad internacional esté a la altura de su mandato. El Gobierno, además, viene impulsando medidas vinculadas con la explotación de recursos en el área de las islas y presentó un proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional.

Pero hay una contradicción que merece ser señalada: el propio Presidente cuestiona la utilidad de los organismos multilaterales mientras reconoce que Argentina continuará participando de ellos.

Milei sostuvo que el país seguirá formando parte de los foros internacionales y pidió no confundir “cooperación con subordinación”. Entonces, si la Argentina necesita esos espacios para defender sus intereses, ¿qué sentido tiene presentarlos como una estructura esencialmente inútil y despreciable?

La respuesta puede ser que una cosa es participar y otra subordinarse. Es una posición política perfectamente discutible. Pero también es razonable preguntarse si la diplomacia argentina gana capacidad de negociación cuando su máxima autoridad política llega a uno de los principales foros internacionales calificando a la institución anfitriona como una organización de “parásitos”.

Una política exterior que vuelve a girar alrededor del discurso

Milei también reafirmó su alineamiento con Estados Unidos e Israel y cuestionó fuertemente a Irán. En paralelo, planteó una defensa de la inteligencia artificial con mínima regulación preventiva y propuso convertir a la Argentina en un polo competitivo para su desarrollo.

El discurso, así, volvió a mostrar una característica central de la política exterior del Gobierno: definiciones ideológicas muy marcadas, alineamientos explícitos y una retórica que busca diferenciarse de buena parte del lenguaje diplomático tradicional.

Eso puede ser presentado como una ruptura con la diplomacia de las últimas décadas. Pero también habilita otra pregunta: ¿hasta dónde una estrategia de confrontación discursiva ayuda a conseguir objetivos concretos para la Argentina?

Porque la política internacional no se construye solamente con discursos. Se construye también con alianzas, negociación, capacidad económica, acuerdos, presión diplomática y relaciones sostenidas en el tiempo.

Y ahí es donde las palabras de Milei merecen ser analizadas más allá del impacto inmediato que generan.

El discurso que busca marcar una época

Milei no parece interesado en moderar su lenguaje para adaptarse a los códigos tradicionales de los organismos internacionales. Por el contrario, volvió a llevar al escenario global el mismo estilo confrontativo que utiliza dentro de la política argentina.

El resultado es un discurso que difícilmente pase inadvertido. La cuestión es otra: que un discurso sea contundente no significa necesariamente que sea eficaz.

La Argentina tiene intereses concretos que defender: Malvinas, sus recursos naturales, comercio, inversiones, relaciones diplomáticas y participación en organismos internacionales. Para cada uno de esos objetivos necesita construir poder y capacidad de negociación.

La crítica a la ONU puede ser legítima. El reclamo por Malvinas también. Lo que queda abierto al debate es si insultar a la institución que se pretende utilizar como escenario para defender una causa argentina fortalece esa estrategia o termina convirtiendo la provocación en protagonista y al objetivo diplomático en segundo plano.

Porque una cosa es plantarse frente al mundo para defender los intereses nacionales.

Y otra, muy distinta, es confundir la firmeza con la necesidad permanente de confrontar.

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