Un estudio internacional advierte que beber agua con alto contenido de sodio aumenta la presión arterial y podría agravar una de las principales causas de muerte en el mundo. El fenómeno crece con el avance del cambio climático.
La salinidad en el agua potable dejó de ser un problema aislado para convertirse en una amenaza silenciosa para la salud pública global. En regiones costeras, el avance del mar sobre fuentes de agua dulce está elevando los niveles de sodio en el consumo diario, con consecuencias directas sobre el organismo.
Una investigación publicada en BMJ Global Health, que analizó datos de más de 74.000 personas en siete países, confirmó una relación concreta: quienes beben agua con mayor salinidad presentan valores de presión arterial más altos y un riesgo significativamente mayor de desarrollar hipertensión.
El impacto no es menor. Según el estudio, la presión sistólica aumenta en promedio 3,22 puntos y la diastólica en 2,82. Además, el riesgo de padecer hipertensión es un 26% más alto entre quienes consumen agua con mayor contenido de sal. Los efectos son más marcados en poblaciones costeras, donde la intrusión salina es cada vez más frecuente.
El fenómeno tiene una raíz clara. De acuerdo con datos de la NASA, el nivel del mar crece a un ritmo sostenido —unos 3 milímetros por año— producto del deshielo de glaciares y la expansión térmica de los océanos. Esta dinámica provoca que el agua salada avance sobre acuíferos, ríos y napas subterráneas, contaminando fuentes de agua dulce esenciales para millones de personas.
Rajiv Chowdhury, coautor del estudio y profesor de salud global, advirtió que el impacto de consumir agua salina puede compararse con factores de riesgo clásicos. “El efecto es similar al de la inactividad física, que incrementa el riesgo de hipertensión entre un 15% y un 25%”, explicó. Y agregó un dato clave: en muchas comunidades, la exposición pasa desapercibida porque el sabor salado no siempre es perceptible.
El escenario es preocupante si se lo cruza con las cifras globales. La Organización Mundial de la Salud estima que 1.400 millones de adultos padecen hipertensión, una condición que muchas veces no se diagnostica a tiempo: solo el 54% sabe que la tiene, el 42% recibe tratamiento y apenas el 21% logra controlarla.
El estudio también expone una falencia estructural: la salinidad del agua no suele figurar en las guías clínicas como factor de riesgo, pese a su creciente incidencia. Hasta ahora, el foco estuvo puesto en la dieta, la obesidad y el sedentarismo.
Los investigadores plantean que este enfoque debe cambiar. Proponen incorporar el monitoreo de la salinidad en políticas de salud pública, reforzar los controles de calidad del agua y avanzar en soluciones concretas como sistemas de filtrado, captación de agua de lluvia y alternativas de abastecimiento en zonas vulnerables.
La advertencia es clara: aunque el impacto individual pueda parecer leve, su efecto acumulativo en grandes poblaciones puede ser devastador. En un contexto de cambio climático acelerado, el agua —recurso esencial para la vida— también puede convertirse en un factor de riesgo.
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